lunes, 8 de julio de 2019

Conejo en paz, John Updike





Hace tiempo pensé en hacer una alineación de un equipo de fútbol de personajes literarios, una ocurrencia en tiempos de sobrecalentamiento mental. Un equipo abigarrado en el que podía caber el Sueco Levov, Frank Bascombe, el inefable Bardamu de Céline, Jakob Von Gunten o Ferdyrdurke. Un once limitado por cuestión de número, pero en el que no dudaba de la presencia del icónico, aunque probablemente olvidado en la actualidad, Harry “Conejo” Armstrong, el personaje de Updike. Cada equipo de fútbol literario depende de las razones de cada lector, pero en el mío reservaría un lugar para el personaje que salió a comprar tabaco y no regresó a casa son su mujer e hijos. Conejo en paz, es el cuarto libro de esta saga y contiene numerosos hilos que conducen a las anteriores obras, con lo que es muy conveniente empezar por Corre, Conejo.

martes, 5 de febrero de 2019

Peleando a la contra, Charles Bukowski




Los relatos del eterno perdedor habitante de pensiones que aparta los mosquitos del vino de un manotazo y discute a voz en cuello con su compañera borracha. Un mundo parco en el que la escritura no es un medio de vida, sino una vida en sí misma para la que no se necesita aire, luz, tiempo y espacio. Historias de peleas, apuestas en el hipódromo, resacas, follar y escribir. Escribir como si un gato te recorriera la espalda, las uñas clavadas en la piel mientras los dedos pulsan enloquecidos. Realismo sucio, pero más allá de etiquetas, textos cargados de acidez, decadencia, humor y una libertad de hacer lo que uno quiere, sin mucho tiempo para la disculpa, poco para la queja y mucho para la crítica. Un deseo irrefrenable que choca con la prudencia.  Un poso amargo y una invitación a la lucha hasta el último aliento. Bukowski, el imán de los incomprendidos, la falta de talento convertida en puro magnetismo con un breve poema o un relato. Escenas de bares, de antros, lejos de las residencias de verano  de Cheever, pero con el alcohol y el fracaso como común hilo conductor. Un autor que solo narra por la necesidad de contar.

jueves, 24 de mayo de 2018

Philip Roth vive



Philip Roth murió ayer. Con su muerte se va una figura de relieve de la narrativa contemporánea, un disector de la clase media norteamericana que convirtió Newark no solo en escenario de personajes poliédricos, complejos y atormentados a los que el destino machacaba con su aleatorio golpeo, sino un lugar familiar para la emocionalidad de sus lectores. Un excelente escritor que estoy seguro resistirá el paso de las décadas por la atemporalidad de sus historias y una forma compleja pero envolvente. La noticia de la muerte se cuela en la insípida actualidad de voces en cuello y banalidad, pero quizá su desaparición deba apreciarse como un segundo de silencio necesario entre tanto ruido. Un silencio que solo expresa que el ser humano ha dejado de existir, pero que persiste la literatura con una armonía irrefrenable.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Molloy, Samuel Beckett



         No comencé a leer Molloy de modo casual. Beckett  influyó, pero también algún comentario de otros autores sobre la obra. Luego, por mi cuenta, buceé por Internet, pero la búsqueda no resulto intensa porque acabé en  Wikipedia. La breve reseña resume la obra a la perfección.  Dice que se divide en dos partes. Una sobre Molloy y otra sobre Moran, los dos personajes. La primera consta de dos párrafos, el primero abarca unas líneas, el segundo ochenta páginas. Sí, ochenta páginas sin parar sacadas de la mente de Molloy. No hace falta saber mucho más para intuir que lo que se avecina es algo peligroso. Porque tanto esta parte como la correspondiente a Moran son pura corriente de la conciencia, relato hilvanado desde la propia mente de los personajes que conducen al lector a lugares inexplorados de artificio, enajenación y puro humor. No hay estructura, trama, hilo conductor. Ni siquiera hay un plano que pueda llamarse real, un asidero a un mundo cotidiano en el que la suma dos y dos sean cuatro.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cicatriz, Sara Mesa

Cicatriz resulta una novela honesta con una estructura sencilla y una forma sin alardes al servicio de una historia que desde cierto prisma puede resultar grotesca, pero que la autora encarrila con cierta destreza para que el lector quede envuelto en los entresijos del relato.  Una obra breve y con ritmo —hasta el último tercio, donde baja un poco— en la que no hay grandes digresiones, descripciones engorrosas o personajes por doquier. La historia puede resultar más o menos atractiva, pero la lectura es fluida y no hay extravío en lo pretencioso o estéril. Por todos estos motivos, llama la atención ese disfraz en forma de críticas muy favorables que anticipan una novela extraordinaria cuando lo más reseñable de Cicatriz es su sencillez, sobre todo en la estructura.

viernes, 30 de marzo de 2018

Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy

 

     Con la perspectiva actual, una obra acerca de la vida en un internado femenino de mediados del siglo pasado puede parecer distante. Sin embargo, Los hermosos años del castigo traspasa cualquier barrera temporal, cualquier prejuicio asociado a una adolescencia ajena y desleída. No se trata de una novela, sino de unas memorias narradas con voz evocadora sobre una tiempo suspendido en el recuerdo, con esa mezcla tan característica de languidez y fatalismo que todos reconocemos en esos momentos iniciáticos tan desagradecidos. Un conjunto con una forma de expresión que semeja muchas veces lo poético y en el que la contradicción está presente continuamente.

martes, 13 de marzo de 2018

La cena, César Aira



Lo mejor de esta obra de César Aira es que a partir de una ocurrencia consigue desarrollar una historia con ingenio y humor, dos cosas que no abundan en literatura y tampoco en muchos otros aspectos de la vida. Que nadie espere una obra trascendente que desate las pasiones humanas sino un artefacto literario poco convencional, breve y ciclotímico. Una obra que solo puede atraer a los que entienden la literatura como una herramienta apropiada para manipular la realidad, con sus estiramientos y deformaciones, sin importar que al final todo sea una broma, quizá una broma infinita como aquella voluminosa obra de Foster Wallace.