sábado, 16 de mayo de 2020

Pureza, Jonathan Franzen




Pureza entra dentro de un tipo de libros que denomino big seller, aunque esta acepción inventada denote una falta de imaginación preocupante por mi parte. Son obras impecables desde el punto de vista técnico, en estructura y forma, escritas por autores de reconocida trayectoria y mucha experiencia que por su nombre atraen a un público exigente aunque minoritario. Obras bien escritas, que globalmente venden un buen pellizco de libros, pero que se olvidan pronto. Por poner algún ejemplo de big seller, se me ocurren muchos de los libros de la última etapa de Paul Auster o algunos de Murakami como After Dark. Autores con buenas obras, reflejo de momentos de claridad, que por la necesidad de seguir publicando han continuado con títulos muy menores que apuntan a cierto estancamiento. Pureza tiene la ambición de sus 697 páginas y del nombre de Franzen, pero parece más fruto de un afán editorial en el que sobra profesionalidad literaria al servicio de una historia a la que le falta frescura.


El argumento presenta a varios personajes con nexos en común y, en algunos casos, un pasado oscuro que sirve para crear tensión e intriga puntual. Personajes con conflictos muy de clase media californiana, bastante desarrollados por el autor, quizá en exceso. Franzen los lleva a escenarios que van desde la propia California a Colorado o la olvidada pero interesante Alemania Oriental. El relato abarca bastantes líneas temporales e incluye intencionadas dosis de ecología, feminismo, sexualidad y redes sociales. Diálogos sesudos, descripción delicada de entornos, asuntos de actualidad como enganche, mucha digresión y algún cambio de ritmo, pero todo muy previsible. La novela esta configurada con el armazón de las grandes novelas norteamericanas de autores como Richard Ford o Philip Roth. Sin embargo se queda en un texto muy correcto, pero escasamente innovador en forma y contenido y con una historia que a mi juicio dice poco.  


En la contraportada del libro aparece una reseña del Toronto Star con la que quiero acabar esta breve reseña y que dice “Dentro de unas décadas, cuando queramos ver una foto del 2015, volveremos la mirada hacia Pureza”. No sé hasta qué punto resulta relevante la conclusión en dos líneas del periódico de mayor tirada de Canadá, pero sin quererlo da pie a lo que es este libro. Porque realmente no creo que en 2020 nadie se acuerde muy bien de lo que pasó hace cinco años. Y no porque este 2020 este siendo marcadamente caótico, sino porque en la circularidad del paso de los años todo es igual de plano. Con el paso de las décadas si alguien recurre a Pureza para buscar una foto de ese año lo que verá será una foto de una sociedad en muchos puntos intrascendente, aletargada y prescindible. Y Pureza no se aleja mucho de estas palabras y se acercará al olvido.


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