lunes, 25 de abril de 2016

Menos que cero, Bret Easton Ellis


 
Un chico de dieciocho años se levanta tarde en la mansión de sus padres tras una fiesta de la que no recuerda detalle. Esnifa un par de rayas de cocaína y nada unos largos en la piscina mientras el sol luce con fuerza. Estamos en California, en algún sitio llamado Los Olivos, Ventura o Camarillo. Después prepara en la cocina un zumo de frutas que bebe de trago, enciende un pitillo y se marcha en su Mercedes descapotable a comer con su padre, un conocido productor de cine. Un restaurante caro donde todos se acercan a saludar a su progenitor. Por la tarde serpentea a toda velocidad por estrechas carreteras con el crepúsculo pisándole los talones hacia otra fiesta en la que encuentra coca, ginebra y sexo. Esta escena no es un extracto de Menos que cero, pero refleja lo que uno puede encontrarse en la primera novela de Easton Ellis escrita en 1985 cuando tenía solo veinte años.  
       
La historia la cuenta en primera persona Clay, un joven veinteañero que acaba de regresar a su casa californiana para pasar unas semanas de vacaciones tras estudiar en el este del país. Sus ojos ejercen de cámara para mostrar una sucesión de escenas como la del primer párrafo. Aparecen en ellas gente como Blair, Trent, Rip, Alana o Julian, pero no importan los nombres. Cada uno de ellos representa el mismo personaje. Entre cocaína, rayos uva, modelos, cócteles, más cocaína y otras drogas famosas en los ochenta, caminamos por una ruta de degradación cubierta de oropel. No hay trama ni se la espera, tampoco conflicto, solo una serie de personajes de una banalidad extrema, casi insultante, desafectos de todo y enajenados de la realidad gracias al dinero y la droga. Monotonía de principio a fin.
Menos que cero no es una novela sino un artefacto que muestra la degradación e indiferencia de aquellos que lo poseen todo en un mundo donde mucha gente no tiene nada. Sin embargo, a la obra le le falta hondura, definición y complejidad. Probablemente Ellis no busca nada de esto, sino un texto desnudo, sencillo, de ritmo monocorde y personajes planos, empezando por el protagonista, pero se echa en falta algo más que robots drogotas y lujo. Hay algún detalle de Ellis con alguna descripción y un atisbo de algo en Clay al final del texto, pero poco más. Uno acaba, cierra el libro y se queda sin regusto alguno. Una obra bastante prescindible.

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