martes, 16 de febrero de 2016

El legado de Humboldt, Saul Bellow





Saul Bellow es un autor de gran influencia en la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. No son pocos los autores como por ejemplo Philip Roth que lo citan como referencia. En mi caso esta ha sido la primera novela suya que he leído y he de decir que me costó decidirme entre todo su material para dar con una obra adecuada. Al final no me devané mucho los sesos y a pesar de ser crítico con los premios literarios fui poco consecuente con mis principios y escogí El Legado de Humboldt, premio Pulitzer del 1976, precisamente el año en que Bellow ganó el Nobel de Literatura.

        El legado de Humboldt narra las vicisitudes de Charles Citrine, un escritor maduro que ha saboreado las mieles del éxito —recibió el Pulitzer e incluso una obra suya fue representada en Broadway— pero que atraviesa un momento complicado de su vida. Para empezar está sumido en un divorcio oneroso en el que todo el mundo parece estar en contra suya, incluido sus abogados. Su pareja actual, una joven de armas tomar, parece solo interesada en hacerle pasar de nuevo por la vicaría y sus amigos y otros pintorescos personajes que se cruzan en su camino le generan problemas de todo tipo. La atracción que ejerce por lo inclasificable y la incapacidad que muestra para poner coto a situaciones que, sin duda le perjudican, recuerdan a un personaje de Woody Allen: inteligente y ácido, emocionalmente incapaz, tendente al autocastigo y con una capacidad de divagación extraordinaria. Precisamente en esa capacidad para evadirse Citrine encuentra un refugio de densa y compacta intelectualidad que le aleja de una incómoda realidad. Un amigo del pasado surge en su mente en esta complicada época, Von Humboldt, un excéntrico poeta que acabó ingresado en el psiquiátrico de Bellevue y que murió apartado y solo.
De la novela seré sincero. Las divagaciones del personaje pueden resultar complejas, hay multitud de referencias literarias y de un ámbito cultural extenso, algunas de las cuales pueden resultar conocidas en función del bagaje del lector. Los bucles de Citrine resultan a veces mareantes pero son una parte del personaje y hasta existe una necesidad de asistir como copiloto a esa travesía que va desde la antroposofía de Steiner hasta cualquier ocurrencia que el protagonista desmadeja, pero que también se aproxima a distintos episodios de su vida. El lector se encuentra con unos diálogos ricos en los que el protagonista es incapaz de devolver la pelota a personajes irresistibles o simplemente enajenados que lo manejan a su antojo. Como el propio Humboldt, acompañante necesario de Citrine que como indica el título de la novela surge fantasmagórico en medio de la tempestad para acompañarlo en esta ponderación de los hechos de su vida, justo en un momento en el que el dinero empieza a escasear y la edad cobra su precio.
En definitiva una novela extensa, uniforme, pero con muchas aristas, con diálogos y personajes brillantes, circunloquios exasperantes y un protagonista al que a veces estrangularías pero que imana un halo especial. La novela es Citrine y su circunstancia. Todo aderezado con una interpretación del mundo que parece inservible en esa implacable Norteamérica de los logros reflejada en un personaje secundario antagónico como su propio hermano Julius. Nadie duda de la inteligencia de Citrine pero hasta el más descerebrado reconoce su inutilidad en muchas ocasiones. Me quedo con el personaje de Cantabile, la estancia al final de la novela de Citrine el Madrid y prácticamente con todos los diálogos. Una novela para trascender, para ejemplificar, para mostrar una ironía, no apta para todos los públicos, porque cuando un personaje así cuenta su historia en primera persona es inevitable que el viaje pueda tener tramos incómodos. Bellow consiguió una composición compleja y trascendente de la que se dice contiene muchos rasgos autobiográficos.
 

 

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