domingo, 26 de julio de 2020

El lamento de Portnoy, Philip Roth



Portnoy es un judío que se desgañita contra su propia tradición, contra sus padres, que tiene un serio problema con el sexo y unas relaciones peculiares, por decir algo, con las mujeres. Uno puede preguntarse, ¿fue antes Portnoy o Woody Allen? La obra de Roth y Toma el dinero y corre son ambas de 1969. Una curiosidad para que el lector pueda intuir el tipo de protagonista que puede encontrarse. Hablamos de judíos locuaces, ácidos e irreverentes que hoy en día tienen serios problemas frente a los actuales filtros de corrección .

La historia se resume fácil. Portnoy narra sus frustraciones en un monólogo delirante ante la figura de un psiquiatra. Un psiquiatra que atiende en la ficción como interlocutor ausente y que bien podía haber sido un cura, el camarero de una sórdida taberna o el mismísimo Dios. Una confesión de reparto de hostias a diestro y siniestro entre sus congéneres y el mundo en general y en el que también hay amplio espacio para ridiculizarse a sí mismo. Una suerte de anécdotas desinhibidas y grotescas, fácilmente digeribles y muchas veces desternillantes. No hay trama, resolución o conflicto, pero la verdad es que  esos disparates resultan más interesantes que muchas de las historias cortadas a patrón de la literatura teóricamente más novedosa. 

Mi parte preferida del libro es la primera, esa niñez y preadolescencia bajo el yugo del complejo judaico-neoyorkino de desarraigo. La parte de los desvaríos masturbatorios tiene momentos tan extremos como geniales, dignos de Pepe Colubi. Luego está la parte de su despertar sexual, su temor por las enfermedades venéreas, la mezcla de religión y sexualidad mal entendida y su obsesión por un determinado tipo de mujer, rubia y anglosajona, principio y fin de sus problemas. Al final muchas de sus relaciones con los personajes circundantes no perteneciente al universo talmúdico acaban igual: ¡perro judío! En esta obra de un Roth joven se aprecian ciertos brillos en la forma del excelente escritor que fue el estadounidense.

Sin duda Portnoy está maldito, quiere llevar una vida convencional de familia media pero aglutina excesivos complejos. En el fondo desea lo que detesta. Pura contradicción, puro humano. El modelo de ese tipo de sociedad de los sesenta puede trasladarse sin problema a la actualidad por mucho avance tecnológico que haya. Portnoy sabe que está maldito y por mucho que despotrique ante ese psiquiatra ausente, por mucho que se empeñe en jurar, renegar de la Torá, está condenado por sí mismo. Condenado por saberse jilipollas en un mundo eternamente deshilachado.


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