Sentado en un banco observas la corriente
uniforme que se desplaza a primera hora hacia la maraña de edificios de
oficinas. El hormigueo incesante, los rostros abotargados, las miradas al suelo
mientras el cielo clarea en un amanecer esquivo. Tiempo después, sin desearlo
siquiera y sin haberte dado cuenta, formas parte de esa corriente. No te
acuerdas del banco desde el que mirabas porque tienes otras cosas en la cabeza:
preocupaciones, compromisos y planes, muchos planes. Te has convertido en otro
anodino y respetado hombre con un recién estrenado traje gris a la espera de un
futuro mejor. Sin embargo, una duda repentina puede hacer que todo tu mundo se tambalee.
